La derrota

Las líneas francesas se rompieron dos horas después y Chateau-Renault ordenó hundir los barcos para impedir que cayeran en manos enemigas. El propio vicealmirante francés hundió su barco, huyendo en una chalupa con su tripulación, aunque todos no pudieron cumplir la orden y algunos encallaron. Los ingleses Montmouth, Mary, Kent y Dordretch fueron los primeros en alcanzar los ricos galeones de la Flota de Oro. Entonces, Manuel de Velasco, desesperado, decidió quemar los navíos. Con los galeones hundiéndose, muchos soldados de ambas partes murieron por salvar algún botín.

Además del oro y la plata, Rande se cobró dos mil muertos y otros tantos heridos españoles y ochocientos muertos y más de quinientos heridos ingleses. El día siguiente, amaneció sobre una bahía cubierta por la silenciosa resaca del combate, aunque, muy temprano, el barón holandés Sparr atacó la vacía Redondela, apoderándose de plata por valor de cincuenta mil libras esterlinas.

Mientras calafates, carpinteros, veleros y marinos reparaban el Torbay, muy dañado por el incendio, y varias naves españolas y francesas embarrancadas, se organizaron brigadas con los más de cuatrocientos prisioneros (entre ellos, el almirante Fernando Chacón, con cuarenta y un oficiales, el señor de Aligre y el marqués de Gallisonnière), a quienes se obligó a recoger la plata y los cofres y a colocar en hileras a los muertos de ambos bandos que las olas llevaban a la playa. Los buzos, habituales en la tripulación de cualquier nave, que estaban bien pagados y trabajaban a pulmón libre para reparar la carena y el timón y revisar fondos, buscaron durante varios días cerca de los galeones embarrancados, pues Velasco había mandado echar al mar numerosos objetos preciosos. Salvaron algunas mercaderías, como maderas preciosas y cañones de bronce.

Gravado francés de 1793-1811 Cuatro días más tarde, arribó Cloudesley Shovel con veinte naves. Buscando víveres, los ingleses atacaron huertos y establos de la comarca redondelana, pero se encontraron con las guerrillas de las milicias campesinas. Entre ellas estaba el conde de Ribadavia, quien, con vasallos y amigos, obligó a muchos grupos a reembarcar. Tras quemar varias iglesias y el convento de frailes de la isla de San Simón, los ingleses partieron el 30 de octubre, aprovechando la bajamar y el viento. Los holandeses, antes de irse, incendiaron Le Bourbon y los galeones que no podían navegar. Shovel permaneció otros diez días más con veintisiete naves, cuatro buques hospitales y las naves presas, españolas y francesas, que se habían arreglado. Desmanteló el fuerte de Rande, requisando cañones de los barcos y baterías de tierra, y canjeó prisioneros en Bayona. Se fue el 5 de noviembre, pero, al pasar al sur de las Cíes, el Santo Cristo de Maracaibo, uno de los más ricos galeones hecho prisionero, tocó un escollo y se hundió.

Y tras irse los ingleses, los labradores llegaron a Redondela para llevarse lo poco que quedaba en tierra, pues, en el mar, Barbanzón se lo impidió y empleó buzos para recuperar "una cantidad nada despreciable de plata y las mercaderías que el agua de mar no había podrido".


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